lunes, 14 de marzo de 2011

Ella

Ella se fue. Fue solo un momento.
La dejé en el aeropuerto. Iba como una autómata.
Yo, la seguía con la mirada. La miraba a través de un cristal.
Se alejó, poco a poco. Con su preciosa mano me dijo adiós.
Subí las escaleras, como por arte de magia estaba ya en el metro.
Más de media hora después ya estaba en la calle.
La mente en blanco, y en mi memoria solo su recuerdo.
Mi habitación huele a ella. Solo a ella.
No dejé entrar a la tristeza, aunque me pidiese paso. Le contesté que no. Que se fuera.
Caminado por la calle, ella estába en cada sitio donde posase mis ojos.
Un día feo en la ciudad de los gatos, amenazante lluvia vino a mi encuentro.
Seguí caminando hacia casa, ahí me sentí algo mejor.
Ella volvió a mi encuentro. Mi cerebro procesaba una imagen tras otra: su sonrisa, su pelo, la lluvia como único acompañante nuestro en cualquier calle, una mirada, un beso.
Cada día es mejor, me repito a mi mismo. Y es verdad, cada día con ella es mejor. No existen las cosas malas en nuestro mundo de perfección. Solo cenas con velas y violines danzarines. Una borrachera de felicidad.
Me voy a la cama a dormir, ya no está, pero sueño con ella, me pasa un brazo por encima de mi cuerpo y todo está otra vez bien.
Suena una trompeta en cualquier bar, sigo sentado a su lado. Me sonríe. Sigo aquí, para tí. Solo silba.

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